56. El Dilema de los Vestigios
28/10/2024
Los pasillos oscuros del Templo de Ámbar parecían respirar con una vida propia, como si la piedra misma estuviera impregnada de antiguos rencores y ecos de viejas decisiones. Al acercarnos a una nueva cámara, el aire cambió: un foso oscuro se extendía ante nosotros, y al asomarnos, el brillo ardiente de unas calaveras llameantes surgió de la negrura. Se lanzaron contra nosotros con una violencia inesperada. Aunque conseguimos reducir dos de ellas, el tercer espíritu soltó una risa hueca y, antes de que pudiéramos reaccionar, conjuró una bola de fuego. Sin embargo, Kasimir alzó su mano y, con una precisión que solo la desesperación podía afilar, conjuró un contrahechizo que desintegró las llamas en un susurro de cenizas.
Cuando por fin apagamos el último brillo infernal de aquellas calaveras, nos atrevimos a descender al foso. Allí, en la penumbra, estaban los vestigios oscuros que el elfo andaba buscando: tres grandes bloques de ámbar, cada uno encerrando en su interior una calavera humeante, como si la esencia de aquellos oscuros poderes aguardara dentro de ellos. Con ojos febriles, Kasimir señaló el bloque que en sus sueños su hermana le pedía. Para ella, tomaría cualquier riesgo, aun cuando la vida misma pudiera estar en juego.
Nos acercamos a investigar, y pronto se nos revelaron los oscuros secretos que cada vestigio guardaba. Eran antiguas entidades, cuyas voces susurraban con el veneno de la promesa. Al tocar un bloque, sentí un escalofrío recorrer mi mente: el primero ofrecía el poder de la pestilencia, el segundo prometía el rayo mismo como un arma, y el tercero, la resurrección, el don oscuro que tanto buscaba Kasimir. Corvus, sin vacilar, declaró que aquellos espíritus oscuros eran un peligro que debía ser erradicado. el elfo, casi al borde de la desesperación, se enfrentó a nosotros, dispuesto a asumir cualquier condena si eso le permitía cumplir su propósito. Destruimos primero los vestigios de enfermedad y de relámpago sin pensarlo dos veces. Pero cuando Kasimir se interpuso en nuestro camino ante el último bloque, el de la resurrección, sentí mis propias dudas. Después de todo, ¿no era su elección? Sin embargo, Corvus, firme como el acero, me convenció, y juntos destruimos también ese vestigio, sellando el destino de la hermana de Kasimir para siempre. El elfo, contrariado y lleno de furia, se apartó de nosotros, alejándose sin volver la vista atrás.
Fue entonces cuando escuchamos los ecos de enemigos al otro lado, intentando romper el sello que protegía la estancia. Sin perder un segundo, ascendimos por el foso usando las cuerdas que habíamos dejado preparadas. Pedimos a Nieve que explorara el camino, aunque cuando alcanzó la sala contigua, su presencia se desvaneció. Nos acercamos con sigilo, y entonces vimos al guardián: un golem de ámbar, inmenso y temible. Al percibirnos, sus ojos vacíos comenzaron a seguirnos. Por un momento pareció desistir de su persecución, y, en un acto imprudente, lancé una jabalina en su dirección. La lanza ni siquiera dejó una marca en su superficie, pero el golem se lanzó hacia nosotros con fuerza renovada, derribándome con un golpe que retumbó en mi cráneo como un trueno.
Intentamos retirarnos, pero el guardián ralentizó a Ezmerelda con un poder oscuro, obligándome a detenerme y hacerle frente para darle una oportunidad de escapar. Mi hoja logró herirlo, pero su fuerza era demasiado para mí, y no tardé en retroceder.
Una vez fuera, el golem pareció regresar a su puesto, y nosotros, exhaustos y heridos, decidimos alejarnos para descansar. En el camino, tres calaveras llameantes volvieron a aparecer, pero esta vez Corvus, empuñando el poder de la expulsión divina, convirtió el combate en una cuestión de segundos. La sala se vació de enemigos, y finalmente, encontramos un rincón seguro entre las ruinas para reponer fuerzas y reflexionar en silencio sobre las decisiones que habíamos tomado.
Entrada en formato audio: 56. El Dilema de los Vestigios


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