72. La Tierra Liberada de las Tinieblas
29/07/2025
No había tiempo para dudas ni para treguas. Tras la huida de Strahd, deshaciéndose en niebla como un recuerdo maldito, comprendimos que la partida aún no había terminado. Lo sabíamos en los huesos. Lo sentíamos en la piel. Si la historia había de cerrarse, debía ser en su castillo, donde todo comenzó.
Avanzamos por senderos familiares, con la esperanza frágil de que la llamada de Corvus hubiese prendido en los corazones de los baronienses. Quizá entonces, con sus voces y sus manos unidas, seríamos algo más que un grupo de fugitivos cansados. Quizá seríamos ejército.
En el camino se tomó la decisión que marcaría nuestra suerte. Dos grupos. El primero, el mayor, haría frente a las murallas, fingiendo fortaleza aunque cargado de cautela, dispuesto a distraer pero no a caer. El segundo, más pequeño, más vulnerable y a la vez más letal, se adentraría en la fortaleza velado por un hechizo de invisibilidad. Ezmeralda, Van Richten, Corvus y yo mismo. La huella de todas las batallas anteriores nos empujaba hacia esta última empresa, tan imposible como necesaria. Porque no luchábamos por nosotros, sino por todas las almas cautivas en Barovia.
Cuando alcanzamos los muros de Ravenloft, hallamos al hermano de Ireena, Bismark, que había logrado congregar a un puñado de guardias y aldeanos: apenas una docena de valientes, pero con la firmeza de quienes no temen morir por su tierra. Y entonces, sobre las almenas, se alzó una mujer de belleza cruel, prometiendo muerte segura a quienes osaran desafiarla. Sin embargo, ni sus amenazas ni la niebla que aún cubría el valle pudieron silenciar el fervor de Krezkov y de Bismark. Sus palabras, como antorchas, prendieron en los corazones de los suyos. Y donde antes hubo miedo, nació valor.
Nosotros, a la sombra de aquella distracción, nos escabullimos hacia el interior del castillo. Y allí, en la torre donde latía el Corazón del Dolor, descargamos nuestra furia. Lo golpeamos hasta quebrarlo, y en su agonía la torre comenzó a gemir y a partirse como un hueso roto. Caí al vacío, pero invoqué la bruma antes del impacto, salvándome en el último suspiro. Era un aviso claro: lo peor aún estaba por llegar.
Descendimos hacia las catacumbas, donde el aire olía a piedra mojada y a muerte antigua. El suelo ocultaba trampas como bocas hambrientas, pero supimos sortearlas. Y cuando un ejército de cadáveres emergió de las aguas estancadas, Corvus levantó su símbolo y, con un destello que aún guardo en la memoria, los redujo a polvo en un abrir y cerrar de ojos. Tras unas cortinas pesadas hallamos un brasero rodeado de piedras de colores, y sobre él, un reloj de arena suspendido. La inscripción nos reveló su secreto: un portal, un atajo. Así era como Strahd se movía con la ligereza de un suspiro por su propio laberinto.
Tomamos la piedra amarilla. La tumba del Conde nos esperaba. Allí, Rahadin, su fiel ejecutor, aguardaba junto a dos gólems de hierro que exhalaban veneno como si respiraran odio. Fue una batalla salvaje, de esas que desgarran la carne y el alma a partes iguales. Por momentos creímos estar perdidos: el acero retumbaba, el veneno quemaba, la furia de Rahadin parecía infinita. Pero juntos —siempre juntos— encontramos la grieta en su armadura. Y entonces fue Corvus quien se adelantó, el rostro endurecido por todas las pérdidas acumuladas. Alzó su arma y rugió: '¡Cállate de una maldita vez!'. Su golpe fue sentencia, y con la muerte de Rahadin los gólems pronto se desplomaron tras él.
Entonces llegó él. O, más bien, su sombra. Strahd, reducido a niebla, se deslizó hacia su ataúd, buscando la seguridad de su lecho oscuro. Lo vimos materializarse, vulnerable, inerme. Corvus y yo, hombro con hombro, hundimos la estaca que puso fin a siglos de tinieblas. El silencio que siguió no fue el de la muerte, sino el de la liberación: un silencio limpio.
Al salir, hallamos a nuestros amigos agotados, heridos, pero con una luz nueva en los ojos. El valle ya no estaba cubierto por la bruma. El aire, por primera vez en quién sabe cuántas generaciones, respiraba libertad. Y nosotros, por un instante, supimos que lo imposible, al fin, había ocurrido.
Entrada en formato audio: 72. La Tierra Liberada de las Tinieblas

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