71. El Filo Contra la Oscuridad
23/07/2025
El momento final no llegó con estruendo, sino con un aullido. Saturado de niebla y silencio, como si el tiempo se negara a avanzar. Provenía del piso superior de la antigua capilla de la Abadía. Un lugar donde el polvo susurraba plegarias rotas y los ecos aún recordaban el arte del dolor. El enemigo había entrado por allí.
No tuvimos tiempo de preguntarnos cómo. Apareció Escher, su silueta afilada como un cuchillo en la penumbra. A su lado, Nanika, la posadera, pero sus ojos ya no eran suyos. Brillaban con esa luz turbia que deja el influjo arcano de Strahd. Y entonces lo vimos a él.
El Conde. El señor de la desesperanza. El eco de un amor maldito. La sombra que devoraba a Barovia desde dentro.
Las primeras en volar no fueron flechas ni conjuros, sino lenguas afiladas como dagas. Palabras con veneno en los bordes, palabras que mordían. Strahd habló también, sí, pero no fue su voz lo que doblegó la voluntad. Bastó un ademán, una caricia en el aire, y el hechizo se deslizó sobre Izek como una sombra con guantes de seda. El bruto dudó, confundido, intentando mantener la paz donde nunca la hubo, sujetando al primero que se movió.
Nos lanzamos a la refriega. Corvus invocó la luz divina, Ezmerelda el rayo arcano, y yo, con la Espada Solar en alto, fui a su encuentro. Pero el Conde no vino solo. El suelo se abrió y los muertos respondieron. Los cielos se rasgaron y los murciélagos acudieron. Anastraya, su consorte, se deslizó entre sombras con una elegancia cruel, y traía consigo al hijo maldito del párroco: Doru, más sediento que nunca.
Atacamos al Conde. Heridas superficiales. Cortes que cerraban antes de sangrar. Su regeneración era más que magia. Más que sangre antigua. Era el Corazón del Dolor. Tenía que serlo. Corvus, astuto como la fe verdadera, lo hirió donde más duele a los dioses caídos: en su vanidad. Y Strahd, altivo, resplandeciente en su vanidad, proclamó que no precisaba del Corazón del Dolor para doblegarnos.
Los hombres lobo, fieles a nuestra causa, resistieron. Pero Escher abrió las puertas. Una jauría de lobos salvajes irrumpió por el patio, y el caos tomó forma de colmillo y garras.
Anastraya cayó. La condenamos a polvo y silencio. Pero el Conde… él no era de este mundo. Se movía como el relámpago, como el pensamiento antes del miedo. No lográbamos asestarle el golpe decisivo. Uno a uno, nuestros aliados caían, y por un instante, por un solo y largo instante, creí que habíamos sido necios por retarle a cielo abierto.
Pero el orgullo… Ah, el orgullo otra vez. Le hablé de Tatyana. Le recordé el día que debía haber sido el más feliz de su vida. Y así, por segunda vez, eligió bajar al barro. Eligió pelear.
Y eso fue su perdición.
El golpe que lancé no fue mío. Fue de Lathander. Fue del amanecer que aún no llega, pero que siempre espera. La hoja brilló, pura, y el cuerpo del Conde se deshizo en niebla. Una nube oscura, vacía, que huyó hacia su castillo.
Los lobos huyeron tras él. Escher murió combatiendo, con la misma intensidad con la que siempre buscó la aprobación de su oscuro maestro. A Doru lo dejamos vivo. Apenas. Una llama tenue que aún podría ser salvada… si vivimos para ver el final.
Y entonces, Corvus tuvo la idea.
Convocar al pueblo. Hacer que los corazones dormidos despertaran. Usó la magia de la Luz del Día, y un sol falso, pero glorioso, nació en el cielo gris de Barovia. En él, la imagen del vampiro caído. Un símbolo. Una esperanza. Una chispa en el polvo.
Quizás bastaría.
Entrada en formato audio: 71. El Filo Contra la Oscuridad

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