67. Arrebatándole el último santuario al conde

29/04/2025

El camino hasta la torre de Khazan fue sorprendentemente sereno, como si incluso las sombras de Barovia retuvieran el aliento. Dormimos bajo sus ruinas agrietadas, turnándonos para montar guardia. No por miedo —aunque había algo de eso, siempre lo hay— sino por respeto. Porque en estas tierras, la noche no es solo oscuridad, es una promesa rota.

A la mañana siguiente, el carruaje de Strahd nos esperaba. El mismo. La misma madera ennegrecida que Corvus había convertido en brasas tan solo un día antes. Como si el tiempo aquí se burlara de nosotros, como si las cosas destruidas no pudieran quedarse muertas.

Esperábamos a alguien con más peso. Una sonrisa afilada. Un eco del propio Strahd. En su lugar, encontramos al mayordomo de Lady Fiona. Educado. Pulcro. Inquietante. Vino a ofrecernos una invitación. Una vez más, el conde nos tendía la mano. Una vez más, nosotros la rechazamos. Lo hicimos bajar del carruaje, y le prendimos fuego. De nuevo. Hay pocos placeres en estas tierras marchitas, pero desafiar al señor oscuro sigue sabiendo a libertad.

No tardamos en reemprender el viaje hacia la Colina del Ayer, el último santuario profanado. No era ya un lugar sagrado. Pero lo había sido. Y en silencio, como quien recuerda una promesa rota, nos dispusimos a devolvérselo. Decidimos que yo haría el ritual y mis compañeros se encargarían de protegerme mientras tanto.

Corvus invocó a un guardián radiante. Ezmerelda me desdibujó con un hechizo de invisibilidad. Rudolf susurró sus bendiciones. Y entonces, como un eco de nuestro pasado, los druidas que una vez vencimos regresaron. Distintos. Hinchados de muerte. Con los ojos vacíos y los huesos llenos de barro.

Eran muchos. Más de los que podíamos contar sin perder la cuenta. Pero Corvus alzó su símbolo sagrado, y su fe fue más fuerte que su podredumbre. Muchos berserkers huyeron. Pero los conjuradores... no. Ellos trajeron el trueno. Nos sacudieron a todos, enemigos y aliados por igual, y así, en la confusión, devolvieron el valor a sus compañeros.

La batalla fue confusa, rápida, brutal. Pero vencimos. El ritual se completó. La tierra, purificada. El dominio de Strahd, menguado. Y yo... yo me sentí distinto. Más firme. Más duro de quebrar. Aunque también más consciente del precio.

Porque con cada santuario que salvamos, con cada rincón que le arrebatamos, Strahd nos odia más. Y en Barovia, el odio de un vampiro no es una emoción. Es una promesa.

Entrada en formato audio: 67. Arrebatándole el último santuario al conde

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