70. Un anzuelo llamado Ireena
16/06/2025
Tras salir de la mansión de Argynvostholt, nos reunimos a deliberar. El castillo de Strahd se alzaba como una amenaza intangible, un lugar donde el propio aire parecía jurar lealtad a su amo. Sabíamos que hacerle salir de aquella fortaleza era nuestra única esperanza… pero no sería tarea fácil.
Sopesamos estrategias como piezas de un juego cruel. Al final, la más osada pareció la más certera: una falsa boda. No una simple pantomima, sino una herida directa al orgullo del conde. Ireena, su eterna obsesión, desposándose con otro. Era un golpe bajo, sí. Pero la guerra rara vez se gana con gestos nobles.
La elección del novio fue sencilla, casi natural. Corvus. Un hombre que Strahd conocía, y más importante aún, cuya cercanía con Ireena era innegable. Una amenaza real. Una provocación con rostro amable.
El lugar también fue elegido con sumo cuidado. La Abadía de Santa Markovia. No solo porque podíamos fortificarnos, sino porque su historia, tan trágica y rota, era un reflejo perfecto de lo que estaba por venir. Allí, entre ruinas y reliquias de una fe olvidada, prepararíamos el escenario.
Redactamos esta invitación para él:
A Su Excelencia, el Conde Strahd von Zarovich,
Señor de Barovia y protector del Valle.
Nos es grato informarle de un próximo acontecimiento que, sin duda, será de su interés:
La señorita Ireena Kolyana ha aceptado unirse en sagrado matrimonio con Corvus Corblac.
Sabiendo de su antigua cercanía con la prometida, y del sincero afecto que durante tanto tiempo le ha profesado, nos parecería un desaire no invitarle a presenciar la ceremonia.
Entendemos que los recientes sucesos han traído sombras al castillo —la pérdida de sus damas Ludmilla y Volenta no habrá pasado desapercibida— y por ello hemos creído apropiado ofrecer un gesto de respeto.
Le invitamos a asistir, si así lo desea, acompañado de su consorte restante, Anastraya, para demostrar al pueblo que Barovia sigue reconociendo los lazos que aún perduran.
La ceremonia tendrá lugar en la Abadía de Santa Markovia, en Krezk, cuando el sol se haya alzado en lo alto.
Un día para que los vivos honren sus decisiones, y los muertos… las observen.
Con respeto y cortesía, los prometidos: Ireena y Corvus.
Tras debatir con los hombres lobo, acordamos que Emil, su líder, sería nuestro emisario. Un mensajero con colmillos. Él llevaría la invitación hasta las mismísimas puertas del castillo. Y así nos separamos. Emil al este, nosotros al oeste, hacia Krezk.
En cuanto llegamos, buscamos al burgomaestre. Le expusimos el plan con franqueza. No hubo amenazas ni súplicas. Solo hechos. Él, hombre de peso y de dudas, nos pidió una noche para decidir si empuñaría el acero con nosotros… o si protegería a su pueblo desde las sombras. Ambas decisiones requerían valor.
Ireena fue la siguiente. Le contamos todo, sin adornos. Podría haberse negado. Podría habernos culpado. Pero no lo hizo. Asintió en silencio, el miedo brillando tras sus ojos, pero sin que su voz temblara. Fue entonces cuando comprendimos que ella era más fuerte que todos nosotros juntos.
Aquella noche no dormimos. Preparamos trampas en los rincones del patio como quien escribe un poema con clavos y cuerda. En la sala de la Abadía, convocamos un Festín de Héroes con el pergamino que el Abad había guardado para su grotesca boda soñada. No comimos por hambre, ni bebimos por sed. Lo hicimos para anclarnos a la vida, para vestirnos de coraje.
Entre los preparativos, hallamos el vestido de boda de Vasilka. Ireena y Rudolf, con manos pacientes y corazones tranquilos, lo ajustaron juntos. Verla probárselo, en silencio, nos recordó todo lo que estaba en juego... y todo lo que aún merecía ser salvado.
Estudiamos los objetos recogidos en Argynvostholt. El espadón, vibrante con un poder antiguo, lo entregamos a Izek, cuya brutalidad, por una vez, serviría a la luz. El amuleto resultó ser el Sagrado Símbolo de Ravenkind. Un faro contra la oscuridad. Decidimos que Rudolf era el mejor portador. Él no buscaba gloria, solo justicia.
Cuando el amanecer por fin llegó, no lo hizo con calma, sino con tensión en el aire y un nudo en el estómago. Aun así, decoramos el patio como si el amor pudiera florecer entre ruinas. Nos vestimos no como guerreros, sino como testigos de una mentira necesaria.
Y entonces… esperamos. Al invitado que no había sido engañado, pero sí provocado. A la tormenta con rostro de noble. Al mismísimo Conde Strahd von Zarovich.
Entrada en formato audio: 70. Un anzuelo llamado Ireena



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