66. El santuario envenenado

31/03/2024

Stella seguía allí, tendida entre la madera calcinada del carruaje, con los ojos cerrados y el cuerpo exánime. Su piel parecía cera, su aliento un recuerdo. Pero Rudolf, con las manos aún temblorosas por el combate, susurró una plegaria. La magia respondió, y la muerte, contrariada, se retiró de su presa.

Ella despertó con el corazón latiendo, pero no con el alma en paz. Nos miró como si fuéramos espejos rotos y se negó a acompañarnos. Nos habló de marionetas, de hilos invisibles y del amo en su torre que tiraba de todos ellos. Quiso perderse en el bosque, como si los árboles pudieran ofrecer una verdad distinta. La convencimos, apenas, para que se quedara unos días. No por nosotros, sino por el fin que se avecinaba.

Fue entonces cuando llegó el mensaje.

Un murciélago, veloz y silencioso, nos dejó un pliego de papel arrugado por el viento y por la prisa. Era de Strahd. Una invitación teñida de amenaza. Teníamos hasta el ocaso del día siguiente para presentarnos en su castillo, Ravenloft, y discutir los “nuevos términos”. Un eufemismo, claro está, para la rendición.

Pero no nos rendiríamos.

Sabíamos que Strahd aún tenía el poder para arrasar Barovia, y lo usaría si la locura terminaba por devorarlo. Pero eso no podía detenernos. No mientras aún tuviésemos sangre en las venas y un fuego encendido en el pecho.

Aprovecharíamos el tiempo. Un santuario aún profanado aguardaba en Berez. Y después de eso, reuniríamos al ejército del Alba. Aquellos que, como nosotros, habían dicho que lucharían cuando llegase la hora.

Y la hora ya casi estaba aquí.

Berez nos recibió con niebla y ruinas, como era costumbre. Pero también con un rostro amigo. Ezmerelda —viva, esquiva, invencible— nos esperaba en la entrada del poblado. Se había cubierto de barro y sangre, borrando su rastro como quien borra un nombre maldito. Nos dijo que había escapado de los vistani y que esperaba encontrarnos allí. Y acertó.

Esta vez el ritual sería de Corvus. Nosotros nos dispusimos a protegerlo, formando un círculo de acero y fe. Cuando pronunció el nombre de la Tejedora y su sangre tocó la tierra, la respuesta fue inmediata.

El suelo se abrió en una danza de escamas. Enjambres de serpientes emergieron primero, después las más grandes, serpientes que podrían engullir un brazo con una sola mordida. Las armas hacían poco contra el enjambre, pero las llamas de Corvus eran otra cosa. El fuego lamía la tierra, y poco a poco las sombras retrocedían.

Cuando pensábamos que el ritual terminaría, llegaron los lobos. Una jauría salvaje, hambrienta y convocada por la malicia de un dios derrotado. Pero el fuego volvió a arder, y esta vez arrasó con todo.

Cuando el último aullido se apagó y el humo se disipó, Corvus alzó la vista. Sus ojos brillaban con un fulgor distinto. Había completado el ritual. Había reclamado para sí una parte del poder que Strahd había arrebatado al mundo.

Sabíamos que el vampiro lo sentiría. Que su ira sería como un trueno sobre nuestras cabezas.

Pero no había tiempo para el miedo.

Había aliados que reunir. Y un enfrentamiento que se acercaba, inexorable.


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