59. El Guardián Desvanecido y los Fragmentos del Sol

18/11/2024

La mañana estaba teñida de un aire tenso y expectante. Habíamos dedicado la noche a trazar nuestro plan con la esperanza de que nuestra estrategia fuera suficiente. Si fallábamos, el precio sería alto. Antes de adentrarnos de nuevo al templo, volví a convocar a Nieve. Nos movimos con cautela por un pasillo lateral. Ezmerelda me volvió invisible, una sensación extraña y casi vertiginosa. Corvus, por su parte, levantó un hechizo de Luz del Día que rompió la oscuridad alrededor de la estatua, revelando un secreto que hasta entonces había permanecido oculto: un viejo mago, oculto en una sala dentro de la cabeza de la colosal figura. Su furia se dejó sentir de inmediato. Las amenazas resonaron en el aire como el crujido de una tormenta. Nieve condujo a Ezmerelda y Rudolph por otro pasillo, una maniobra para dispersarnos y evitar los terribles rayos de nuestro enemigo. Mientras corrían, Ezmerelda lanzó proyectiles mágicos que impactaron en el mago, y Rudolph conjuró un aura de silencio en la estatua, aunque nuestro enemigo lo deshizo con facilidad. Yo, invisible, corrí hacia el balcón, y, tras un salto temerario, utilicé mi paso brumoso para materializarme detrás del mago. Pero mis esperanzas de sorprenderlo se desvanecieron en el momento en que se giró hacia mí. Un par de gafas mágicas brillaron en su rostro, y entendí que mi invisibilidad no sería mi aliada. Antes de que pudiera reaccionar, lanzó un hechizo devastador. Aunque resistí, el dolor fue un recordatorio claro de que estaba jugando con fuego. Respondí con un golpe decidido de mi destral, que rompió su concentración. Fue entonces cuando su verdadera forma quedó al descubierto: un ser con aspecto de chacal humanoide, envuelto en ropajes mágicos.

Ezmerelda continuó bombardeándolo con proyectiles mágicos, mientras Rudolph y Corvus invocaban armas espirituales que se estrellaban impotentes contra las defensas del mago. Nuestro enemigo, acorralado, recurrió a la invisibilidad y al teletransporte, moviéndose como un espectro entre las sombras. Corvus, con el oído aguzado, logró detectar su posición y lanzó una bola de fuego que lo expuso de nuevo, pero antes de que pudiéramos acorralarlo, escapó. Su habilidad para desaparecer y reubicarse superó nuestra determinación.

Tras ese amargo desenlace, seguimos explorando. Una puerta secreta nos condujo al interior de la estatua, donde encontramos algo que parecía responder a nuestras preguntas: una empuñadura de espada con un sol grabado. ¿Sería esta la espada de Sergei? ¿Era esta la reliquia que debíamos restaurar en el lago de Krezk? ¿O quizás aún faltaba hallar su hoja? Las preguntas se agolpaban mientras avanzábamos. En otras salas, encontramos una armadura mágica animada que optamos por no provocar, y un conjunto de pequeñas estatuillas de oro que, en otro tiempo, habrían sostenido un dosel sobre la cama. Tres vestigios más aparecieron en nuestro camino, y los destruimos con la determinación de quien no quiere dejar ni rastro de ese poder corrupto.

Detrás de la estatua, otra puerta secreta nos condujo a unas escaleras ascendentes, aunque decidimos postergar su exploración. Más allá, tras unas puertas dobles, un gólem de ámbar custodiaba un tesoro que también dejamos para más tarde. Hacia el sur, nos encontramos con las criptas, llenas de esqueletos que, probablemente, fueran los restos de magos que habían perecido en el templo. Por último, nos dirigimos a una sala en el ala oeste. Rompimos su sello mágico y entramos, solo para ser sorprendidos por un slaadi invisible. Su enorme espada surgió de la nada, y antes de que pudiera reaccionar, me atravesó con un golpe que me dejó al borde del colapso. La batalla apenas había comenzado, y ya sentía el peso de sus consecuencias.




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