63. El Resplandor de Argynvost

 20/01/2025

La bruma era un manto eterno sobre Barovia, pero aquella mañana parecía más espesa, más opresiva. Bajo su amparo y protegidos por el hechizo de invisibilidad de Ezmerelda, nos deslizamos fuera del carruaje como sombras, sin tiempo para dudas ni vacilaciones. El objetivo era claro: recuperar el cráneo de Argynvost.

En el camino hacia el castillo de Ravenloft, el destino quiso ponernos a prueba. Arrygal y sus hombres pasaron cerca, dirigiéndose con premura hacia la caravana de Rudolf. Apretamos los dientes y contuvimos el impulso de intervenir. Nuestra misión no admitía desvíos; Rudolf sabía lo que arriesgaba, y nosotros también.

Al llegar al castillo, Ezmerelda nos volvió invisibles y se separó, tal como planeamos. Su partida nos dejó desnudos ante el peligro, como corderos que entran en la guarida del lobo sin piel que los proteja. Desde las almenas, la figura de Strahd se recortaba contra el cielo plomizo, su mirada fija en el horizonte. Por un instante, el miedo heló nuestra sangre. Si nos había descubierto, nuestras vidas ya estaban perdidas.

Sigilosos, cruzamos la barbacana y llegamos al rastrillo del norte. Subirlo fue un esfuerzo ruidoso, las cadenas chirriaban como si quisieran delatarnos, pero nadie vino. Tal vez el castillo dormía, o tal vez simplemente esperaba. Avanzamos hasta la puerta objetivo, aquella que debía llevarnos a las escaleras hacia la mazmorra. Allí, la humedad y la niebla nos envolvieron como si el castillo nos tragara. Y entonces lo vimos, Cyrus, esa grotesca amalgama de carne y locura, preparando algún plato repugnante en la cocina. Nos deslizamos más allá, pero al abrir la puerta que daba a la sala de los huesos, Corvus se detuvo en seco. Una bruja estaba dentro. Cerró la puerta con rapidez, pero la amenaza seguía ahí, latiendo como una bestia al acecho.

El tiempo era nuestro peor enemigo. La invisibilidad tenía sus límites, y nosotros los sentíamos cada vez más cerca. Sin hechizos ni armas que nos pudieran delatar, recurrí a la Maza del Terror. Su efecto llenó el aire de una oscura inquietud, y aunque la bruja no huyó, algo la alarmó lo suficiente como para salir. Su sombra se deslizaba cerca, y su voz interrogaba a Cyrus con impaciencia. Estábamos al borde del desastre. Una ración lanzada al vacío fue nuestra única salvación, guiándola hacia las escaleras mientras nosotros nos colábamos en la sala de los huesos.

Allí, bajo la mirada inmutable de cientos de calaveras, el cráneo del dragón Argynvost esperaba. Lo descolgamos con cuidado, y en cuanto lo tomamos, la magia de Ezmerelda lo envolvió en el mismo velo que nos ocultaba. Invisible y silencioso, el cráneo desapareció junto con nuestras dudas: teníamos lo que necesitábamos. Ahora, solo quedaba salir.

La huida fue un baile con la muerte, pasos calculados entre susurros y sombras. Pero la suerte, o tal vez la voluntad de Argynvost, nos acompañó. Una vez lejos del castillo, invoqué a Nieve para ayudarnos a cargar el pesado cráneo. La travesía hacia Argynvostholt estuvo marcada por tensiones constantes. Los Vistani nos encontraron, pero una emboscada rápida y precisa puso fin a su búsqueda.

Finalmente, llegamos al mausoleo. La mansión estaba en silencio, pero el cementerio no. Los tres renacidos que habíamos derrotado en nuestra visita anterior se alzaron de sus tumbas, buscando venganza. No quisimos luchar, pues eran enemigos de Strahd. Refugiándonos en el mausoleo, cerramos las puertas tras nosotros y colocamos el cráneo en su lugar sin ceremonias, un acto solemne en su simplicidad.

Cuando emergimos, los renacidos ya no estaban. Pero lo que nos dejó sin aliento fue la luz. Desde la torre más alta de Argynvostholt, un fulgor deslumbrante estalló como un faro celestial, atravesando la niebla y bañando Barovia con su calor. Era una luz pura, una promesa de esperanza en una tierra que había olvidado cómo se sentía el amanecer. Y por primera vez en mucho tiempo, nuestros corazones se sintieron menos pesados.


Entrada en formato audio: 63. El Resplandor de Argynvost

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