65. El Último Viaje de Ludmilla
04/03/2025
El camino a Barovia nos trató con inesperada indulgencia. Sin bandidos, sin lobos hambrientos, sin vampiros al acecho. Solo el crujir de las ruedas y el peso del cansancio sobre nuestros hombros. No desaprovechamos la oportunidad de tomar un breve respiro.
Pero la calma no nos abandonó al llegar al pueblo, y eso sí fue inquietante. Esperábamos gritos, puertas golpeadas por el viento, brasas titilando en la oscuridad. En su lugar, hallamos silencio. Calles vacías, sombras demasiado quietas. Algo no encajaba. Nos separamos de Van Richten, con la esperanza de ganar algo de ventaja, y nos adentramos en la aldea con Corvus.
Escher nos esperaba. A su lado, un hombre colgaba boca abajo, suspendido por los tobillos. Un hilo de sangre resbalaba desde su garganta abierta, goteando en el empedrado con la lentitud de un reloj que se desangra. Murciélagos revoloteaban en la penumbra y, al vernos, se deshicieron en la noche rumbo al castillo.
Con su voz arrastrada y desdeñosa, el vampiro nos confesó sus órdenes: encontrar a Ireena. Y si Barovia no colaboraba… arrasarla. Sin embargo, no había venido a matar aún. Nos ofrecía un trato.
No le dimos la información que quería. No traicionaríamos a Ireena. Tampoco accedimos a su otra demanda: que le entregáramos la Espada Solar. Su expresión se torció en un gesto de desprecio, pero no insistió. En su lugar, nos dejó una advertencia: Ludmilla, la consorte más antigua de Strahd, visitaría Vallaki al día siguiente. Si nos ocupábamos de ella, Barovia quedaría a salvo. ¿Era una trampa? ¿Una jugada para escalar en la oscura jerarquía de Ravenloft? No lo sabíamos. Pero si nos brindaba la oportunidad de acabar con un enemigo más, la tomaríamos.
Lo dejamos marchar y nos retiramos a la casa de Ismark. Sabíamos qué hacer. Ludmilla caería al salir de Vallaki.
Al amanecer, nos apostamos cerca de la puerta este de la ciudad. Allí, esperando como un cuervo ante un cadáver, estaba el carruaje negro de Strahd. Pero la ciudad seguía en calma. Sin gritos, sin llamas. Esperamos.
Y entonces salieron. Ludmilla encabezaba el grupo con la altivez de quien nunca ha temido a la muerte. A su lado, con la sonrisa calculada de un hombre sin escrúpulos, caminaba Arrigal. Y con ellos… Stella. La joven a la que habíamos sanado, ahora arrastrada como un cordero al matadero.
No hubo más dudas. Esperamos a que se adentraran en el bosque, y cuando estuvieron lo bastante lejos de la ciudad, Corvus alzó la mano y una bola de fuego cruzó el aire, impactando de lleno en el carruaje. Los caballos estallaron en llamas, Stella cayó inerte, pero los verdaderos monstruos no cayeron con ella. Apenas heridos, Ludmilla, Arrigal y dos Vistani emergieron de los restos calcinados, listos para luchar.
La vampira nos lanzó un relámpago que nos sacudió hasta los huesos. Arrigal disparó una saeta envenenada, alcanzando a Corvus con precisión letal. Mi amigo respondió envolviéndolos en fuego sagrado. Pero la batalla no había terminado.
La vampira se preparaba para lanzar otro hechizo. No se lo permití.
Me lancé sobre ella con una velocidad que ni yo mismo entendí. Un solo golpe. Un impacto perfecto. Ludmilla se desvaneció en un destello cegador, como si la luz misma la hubiese devorado. ¿Había muerto? ¿Había escapado? No lo sabíamos.
El resto fue un desenlace rápido. Arrigal cayó. Sus hombres huyeron.
Y allí, entre el humo y las cenizas de nuestra victoria, solo nos quedaba la incertidumbre de lo que vendría después.
Entrada en formato audio: 65. El Último Viaje de Ludmilla


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