68. Los que se alzan contra la oscuridad
15/05/2025
El último santuario había sido purificado, una luz vieja y terca volvía a brotar en la tierra mancillada. Sin perder tiempo, viramos hacia el norte de Krezk. Allí, entre riscos y ventiscas, nos aguardaban los licántropos. Contábamos con su promesa, y esperábamos que el honor no les hubiese abandonado.
Nos hicieron pasar a su cubil, donde Emil y Tsuleika nos esperaban con la desconfianza tatuada en el gesto. En un principio, solo la mitad de su manada se alzaría con nosotros. Pero Corvus, con palabras como cuchillas finas y afiladas, les recordó lo que estaba en juego. Y aceptaron. No dejarían a nadie atrás. Acudirían todos.
Con esos primeros aliados, un filo nuevo brillaba en nuestra esperanza. Partimos hacia la abadía de Krezk, donde nos esperaban Ireena e Izek. Ella, con dulzura firme, prefirió quedarse. Intentó convencer a su hermano. Pero Izek, duro como la piedra, comprendió lo que hacía falta. Y se nos unió.
Después, el lago Zarovich. Agua oscura y quieta. Al otro lado, el mago loco. Un alma olvidada por los nombres, no por los actos, que una vez osó desafiar al conde y sobrevivir. Pero antes de cruzar, regresamos a la torre de Khazan. Allí, nos aguardaba su bastón. Viejo, poderoso. Recuperado de las sombras de Ravenloft.
El cruce fue tranquilo. En la otra orilla, Corvus lanzó su hechizo en busca del mago. Pero el aire estaba ciego. Su presencia era una ausencia. Protegido por conjuros antiguos y salvajes, el loco se había hecho invisible al mundo.
Aun así, lo vimos. Un destello en el rabillo del ojo, un susurro en el viento. Estaba allí, cubierto de magia como de una segunda piel. No podíamos curarle. No con hechizos. No con poder.
Solo quedaba hablar. Y así lo hicimos. Le mostramos el bastón, intacto. Le hablamos con verdad, aunque él solo oía traición. Al final, no vino con nosotros. Pero prometió que estaría allí. En la batalla final. Si es cierto, será un golpe certero contra el corazón del conde.
Volviendo al lago, nos esperaba el zarpazo del enemigo. Lobos. No lo bastante fuertes para matarnos, pero sí para desgastarnos. Carne por tiempo. Garras por aliento. Una estrategia tan vieja como la guerra. Y tras sus ojos, sin duda, miraba Strahd.
Entrada en formato audio: 68. Los que se alzan contra la oscuridad

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