69. Capturados por la oscuridad

28/05/2025

Cuando la barca se acercaba a la orilla con su quilla cansada, descubrimos que no estábamos solos. Una figura nos esperaba entre la bruma: Volenta, consorte del conde, envuelta en sombras como si la noche misma la hubiese parido. Pero lo que nos heló no fue su presencia, sino la de quienes la acompañaban: Brom y Bray, los pequeños de los Martikov, cuyos ojos antaño brillaban con la promesa de libertad.


Antes de que pudiésemos siquiera pisar tierra, la vampira habló con voz dulce y venenosa. Nos dijo que Strahd había preparado un banquete, una celebración en su castillo, y que nuestros amigos, nuestras alianzas, nuestros afectos, ya nos aguardaban en sus salones. Los niños, transformados en piezas de su ajedrez retorcido, nos miraban sin temor. No cabía duda: era un encantamiento de Strahd, tejido con la sutileza del veneno.

Nos negamos, por supuesto. Y ella huyó. Iba montada, y nosotros atrapados aún por el agua, con sólo nuestras decisiones para guiarnos. Bastó una mirada. Corvus y yo. Un pacto silencioso entre fuego y fe. Él conjuró una llamarada, y el mundo ardió por un instante. El caballo cayó, y con él, los pequeños. Fue un sacrificio frío, calculado, necesario. Morirían, sí, pero los traeríamos de vuelta. No así si eran llevados al castillo.

Volenta, sorprendida, apenas tuvo tiempo de entender que la caza había cambiado de dueño. Ezmerelda le lanzó un relámpago que la alcanzó como un juicio. Rudolf alzó una arma espiritual que danzaba con ansias de sangre inmortal. Yo, con furia y remo, alcancé la orilla. Izek emergió del bosque como un rugido contenido, y se unió a la batalla. Bendecidos por Rudolf, todos fuimos filo y fuego. Corvus fue el golpe final: una lanza de luz pura que hizo que Volenta se deshiciera en polvo y ceniza.

Rudolf, con manos urgentes, devolvió la vida a los Martikov. Pero el miedo, al volver, les llenó los ojos. Strahd aún residía en ellos, como una espina invisible. Van Richten se acercó, cansado pero firme, y con su magia más profunda rompió el hechizo que aprisionaba a Brom. Sólo una vez podía hacerlo. Confiamos en que el mayor rescataría al pequeño, y fue así. En un aleteo de sombras, ambos se transformaron en cuervos, guardianes alados de nuestro destino.

Fue entonces cuando Emil, el licántropo, emergió de entre los árboles. Nos dijo que una manada de lobos nos seguía, pero que no habían atacado. Tal vez esperaban la orden de la vampira. Tal vez el destino les había cerrado el camino.

Nos dirigimos entonces a Vallaki. Buscábamos aliados, pero encontramos rumores. Lady Fiona, ahora al mando, parecía quebrarse bajo el peso de su ambición. Nos permitieron entrar, bajo la promesa de mantenernos lejos de su mansión. Allí hallamos a Szoldar y Yevgeni, los cazadores que una vez nos ofrecieron su lealtad. Esta vez, la promesa se selló con acción: se unieron a nosotros.


Después, el campamento vistani. Un lugar que ya no nos recibía con agrado. Nos dirigimos a la cabaña de Kasimir, solo para descubrir que él también había caído. Strahd lo había tomado. Intentamos convencer a los elfos del ocaso para que tomaran partido, pero nuestras palabras no echaron raíces. Sus corazones estaban cerrados, sus miedos demasiado antiguos.

Quedaban aún unas horas de luz. Fuimos entonces a Argynvostholt, donde las sombras de antiguos caballeros aún recordaban su causa. Esperábamos encontrar espíritus, pero hallamos silencio. En el trono, una armadura corroída por el tiempo. Pero también un espadón, y un medallón intacto, ajenos al paso de los años. Reliquias de otra era. Magia durmiente, esperando despertar.


Entrada en formato audio: 69. Capturados por la oscuridad

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