53. Una Amenaza Inesperada

08/10/2024

Tras abandonar la lúgubre sombra del castillo de Ravenloft, nos deslizamos hacia Vallaki, como una brisa que no es bienvenida, pero tampoco cuestionada. El viaje transcurrió sin sobresaltos, aunque los ecos de los viejos temores aún susurraban en el aire. Una vez allí, buscamos a Urwin, el posadero cuervo, para indagar sobre una curiosa protuberancia que habíamos observado bajo el castillo, justo en el acantilado que lo flanqueaba. Urwin, siempre atento, nos dijo que ya habían estado vigilando el lugar y que, en efecto, correspondía a una sala en los niveles inferiores del castillo. Ventanas había, sí, pero sucias como el alma de un traidor, y desde fuera no se podía ver nada del interior. También nos habló de Bereth, ese lugar de susurros oscuros y advertencias veladas. Fue entonces cuando mencionó a su prima, la que vigilaba a la temible bruja Baba Lysaga. Nos recomendó que hablásemos con ella al llegar a las ruinas, un consejo que sonaba menos a sugerencia y más a advertencia.

Con despedidas rápidas y planes más grandes que nuestras fuerzas, discutimos con Ezmerelda y Rudolf nuestra misión para recuperar el cráneo de Argynvost, esa reliquia que podría cambiarlo todo. A Ezmerelda le dejamos el grimorio que habíamos encontrado en la Casa de la Muerte, para que aprendiera el hechizo de invisibilidad. Si todo salía bien, podría usarlo para ocultarnos al entrar al castillo, si es que encontrábamos una entrada secundaria. Rudolf, siempre astuto, nos ofreció disfrazarse de uno de nosotros, para engañar a los espías de Strahd y confundir sus siempre vigilantes ojos.

Corvus y yo, antes de sucumbir al cansancio, hicimos una breve visita al campamento vistani. Allí, adquirimos armaduras ligeras, intermedias, que aunque ofrecieran poca protección, al menos serían más silenciosas que nuestras pesadas corazas. Sabíamos que, para lo que se avecinaba, necesitaríamos cada ventaja posible, por pequeña que fuera. Esa noche, con la luna alta y las estrellas como testigos distantes, estudiamos la maza que habíamos robado del castillo. Era, como todo lo que había en ese lugar maldito, una herramienta del miedo: la Maza del Terror, cuyo poder se sentía incluso al sostenerla, vibrando con la promesa de terror inminente. 

Al alba, nos reunimos con Rahadin, el siempre silencioso sirviente de Strahd, que nos entregó a Emil, el licántropo. Durante el viaje hacia el cubil de los suyos, Emil nos reveló más de lo que habíamos esperado. Su esposa, líder de la manada, y él estaban dispuestos a atacar a los druidas malvados para recuperar los cuerpos necesarios para sus antiguos rituales. Era un pacto oscuro, pero necesario. Cuando nos despedimos, Emil nos prometió que la manada se uniría a nosotros cuando llegara el día de enfrentarse a Strahd. Si esa promesa se cumplía, habríamos ganado aliados formidables. Lo esperábamos, lo necesitábamos.

Sin más dilación, nos dirigimos a las ruinas de Bereth. Al llegar, una mujer cuervo nos aguardaba con paciencia. Nos advirtió del pantano que se extendía a nuestro alrededor, un lugar traicionero, donde cada paso parecía prometer hundirnos más profundamente. Baba Lysaga, nos dijo, volaba sobre el cráneo de un gigante, un espectáculo tanto fascinante como aterrador. Nos previno también sobre los espantapájaros que la bruja había creado, guardianes inmóviles que solo despertarían si cometíamos el error de tocarlos. Antes de marcharnos, le preguntamos por el santuario. Con voz serena, nos indicó que se encontraba al oeste del río.

Antes de la batalla, Rictavio nos bendijo a todos, sus palabras cargadas de una fuerza que no supimos si era divina o simplemente humana. Decidimos que se quedara dentro del cráneo de gigante, asegurándonos de que la bruja no pudiera volar con él y ganar ventaja. Corvus, decidido, preparó una bola de fuego para lanzarla contra la cabaña de Baba Lysaga. Pero justo cuando iba a conjurarla, el clérigo escuchó el llanto de un bebé. Cambiamos el plan. Ezmerelda, ágil como un gato bajo la luna, trepó por las raíces que sostenían la cabaña para rescatar al infante. Pero nada es lo que parece en este lugar. La bruja chilló, exigiendo que soltáramos a su hijo, y un instante después vimos a Ezmerelda saltar de la cabaña, advirtiéndonos que no era un bebé real.

Corvus lanzó entonces la bola de fuego, pero la cabaña parecía reír ante el fuego, como si la magia fuera parte de su esencia. Y antes de que pudiéramos comprenderlo, las raíces que mantenían la cabaña elevada cobraron vida. Se movieron como látigos gigantes, dispuestas a aplastarnos. Una de ellas falló al intentar golpearme, pero otras dos encontraron su blanco en Corvus y Ezmerelda, dejándolos gravemente heridos. Era el momento de improvisar, de cambiar el plan, así que decidimos escalar las raíces y llevar la batalla al corazón de la cabaña misma.


Entrada en formato audio: 53. Una Amenaza Inesperada

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