54. El Resplandor de la Segunda Gema
15/10/2024
Las raíces eran titanes. Se alzaban desde el suelo pantanoso con la furia de una tormenta antigua, y nos golpeaban como si fuéramos hojas atrapadas en el viento. La cabaña de Baba Lysaga no era solo un refugio, sino un monstruo viviente, alimentado por una magia tan oscura como la noche más densa. Sabíamos que seguir enfrentándola desde fuera sería nuestro final. Así que, con la muerte susurrando en nuestros oídos, decidimos entrar.
Ezmerelda fue la primera. Saltó, y aunque una raíz la golpeó, no se detuvo. La vimos desaparecer dentro de la cabaña, donde el aire parecía más pesado, como si respirara con vida propia. Allí, bajo el techo de la bruja, nuestra compañera encontró a la bruja. El enfrentamiento fue feroz, con ataques y hechizos volando en todas direcciones. Baba Lysaga intentó controlar a la vistani, desearía que esa fuera una metáfora, pero no lo era. Las palabras de poder de la bruja se enredaron en el aire como serpientes, buscando enredarse en la mente de nuestra amiga. Pero Ezmerelda resistió. Lo que parecía imposible, ella lo hizo posible. Si no lo hubiera logrado, la batalla habría sido diferente. Terriblemente diferente.
Corvus y yo seguimos sus pasos, escalando las raíces que serpenteaban bajo nuestros pies. Y, al hacerlo, me di cuenta de que no era solo la bruja la que lanzaba sus encantamientos. La misma cabaña tenía un hambre voraz, sus raíces buscando aplastarnos como si fuéramos insectos bajo su peso. Rudolf, mientras tanto, se escondía dentro del cráneo de gigante, haciendo que la casa no pudiera atacarlo sin arriesgar su propia destrucción. Un acto astuto y valiente, digno de él.
Entonces, vino el ataque directo de Baba Lysaga. Me lanzó un hechizo, una fuerza tan densa y oscura que sentí mi vida desvanecerse. Pero no me caí. Mi voluntad, mi fe en Lathander, me mantuvo en pie. Apenas. Un poco más y hubiera sido mi fin. Pero no lo fue. Así que seguí atacando, y junto a Corvus, nuestros golpes empezaron a desgastar a la bruja. No era fácil. Pero la perseverancia tiene una forma de abrirse paso incluso en las tinieblas más profundas. Y entonces, al final, cuando Baba Lysaga se tambaleó, habló: "Volveré". Y en un suspiro de niebla, desapareció. ¿Era una amenaza o un último intento de engaño? Lo cierto es que ya no estaba.
La cabaña, sin su dueña para controlarla, perdió su vitalidad. Las raíces dejaron de moverse, y lo que antes era un enemigo imponente se convirtió en un simple árbol. Como habíamos sospechado, el bebé no era más que una ilusión. El lugar tenía un aire inquietante, con los muebles anclados al suelo para protegerse del movimiento caótico de la casa cada vez que cobraba vida. Al explorar, encontramos un cofre, aunque no sin problemas. Ezmerelda, tratando de desactivar su trampa, sufrió una herida por su intento fallido. Luego Rudolf abrió el cofre, solo para liberar manos reanimadas, que atacaron, pero cayeron rápidamente. Dentro, tesoros: oro, gemas, pergaminos y objetos mágicos, cada uno más intrigante que el anterior.
Pero lo más importante estaba oculto tras unos tablones. Una luz dorada se filtraba a través de las rendijas, y arrancamos los tablones para descubrir la gema que buscábamos. Sin embargo, no era solo la gema lo que encontramos. A su alrededor, dientes, afilados y grotescos, habían crecido de la misma cabaña, alimentados por su energía. Decidimos no arriesgarnos, arrancando los dientes uno por uno antes de tomar la gema.
Mientras tanto, Rudolf y Ezmerelda destrozaban el cráneo de gigante, un objeto de poder que ya no podía ser utilizado. Y liberamos a los cuervos que Baba Lysaga había encarcelado. Era una pequeña victoria, pero en este lugar de sombras, cada paso hacia la luz contaba. Pasamos varias horas destrozando las raíces y el árbol, asegurándonos de que nadie más pudiera usarlo para sus oscuros propósitos. No fue fácil. El terreno era traicionero y el fuego apenas prendía en el pantano. Pero lo logramos.
Cuando todo estuvo hecho, monté en Nieve, mi leal compañero, y recorrí las ruinas del pueblo, usando la varita de detección de magia para buscar cualquier rastro de lo arcano. Los espantapájaros, sin vida y grotescos, cayeron ante mí. Al final de mi infructuosa exploración, nos reunimos todos frente a lo que parecía una mansión en ruinas. Allí, fuimos testigos de la aparición del espíritu del burgomaestre, cuya tristeza era palpable. Su historia era trágica, la de un hombre que había matado a una mujer para salvar su alma de Strahd, solo para condenar a su pueblo a la destrucción. Pero, con el poder divino que Lathander nos otorgaba, liberamos su alma, y el espíritu, por fin, descansó.
El día terminó con dos cabras que, al parecer, pertenecían a la bruja. Las tomamos, no por codicia, sino porque podrían ser útiles en nuestra próxima misión. Y finalmente, fuimos al santuario que Muriel, la mujer cuervo, nos había mencionado. Era un círculo de menhires altos, una estructura que emanaba poder. Pero decidimos que el ritual debía esperar. Le entregamos la gema a la licántropo, y con el alma más ligera, nos dirigimos de vuelta a Vallaki.
La guerra aún no había terminado, pero esa noche habíamos ganado una batalla. Y a veces, eso es todo lo que necesitas para mantener la esperanza viva un día más.
Entrada en formato audio: 54. El Resplandor de la Segunda Geam


Comentarios
Publicar un comentario