55. Kaz-zua y el Camino al Templo

23/10/2024

Después de una merecida pausa en Vallaki, nos encaminamos hacia el campamento Vistani. Allí, Casimir, el taciturno líder de los elfos del ocaso, aguardaba cautivo. Nos había confesado su deseo de llegar al templo de Ámbar, buscando redimir el alma de su hermana perdida. Era una misión teñida de sombras, de promesas y arrepentimientos antiguos. Al llegar, negociamos con Luvash, líder del campamento. Nos pidió algo a cambio de liberar a Casimir: dos casas en Vallaki, como si los sueños de ladrillo y madera pudieran comprarse tan fácilmente. Pudimos haberle ofrecido habitaciones en la Abadía, pero... entregarles ese refugio a los Vistani, con algunos de ellos seguramente enredados en los hilos de Strahd, habría sido una locura.

Antes de marcharnos, Luvash nos lanzó una advertencia tan seria como el acero: debíamos mantener a Casimir oculto. Si alguien descubría su escape, la ira de Strahd no tardaría en alcanzarnos. Sabíamos que no bromeaba.

Así, partimos con prisa, la carreta traqueteando hacia el paso de Tsolenka. El aire allí estaba cargado de presagios. Ante nosotros se alzaban murallas imponentes, cerrando el camino como dientes afilados. Una barbacana bloqueaba el paso, y entre sus rastrillos, llamas verdes danzaban, alimentadas por algún ritual oscuro. Por suerte, Ezmerelda, siempre un paso por delante, explicó a Corvus cómo romper el hechizo, al menos temporalmente. Las llamas vacilaron y finalmente se extinguieron, permitiéndonos avanzar.

Más adelante, encontramos otra muralla, esta vez sin maldiciones que la protegieran. La cruzamos sin problemas, aunque nuestros corazones se detuvieron al divisar una sombra inmensa sobrevolando el puente siguiente. Era Kaz-zua, el Roc, el rey de los cielos, una criatura tan vasta y antigua como la propia Barovia. Su envergadura eclipsaba incluso a los dragones de las viejas leyendas. Descendió en picado, una sombra gigantesca cayendo sobre nosotros. De acuerdo a nuestro plan, soltamos la cabra, un tributo modesto pero calculado, aunque, a nuestro pesar, el Roc mantuvo su atención fija en nuestro carro. Azuzamos a los caballos, intentando escapar de su mirada predatoria. Fue entonces cuando Corvus, con la calma implacable del acero, envolvió a la cabra en un hechizo de luz, haciendo que su brillo se destacara en medio de la bruma, y amplificó su balido hasta que resonó como un trueno, desafiando el silencio espectral. El Roc, confundido, giró sus ojos ansiosos hacia la cabra, la agarró en sus garras y volvió a elevarse, desapareciendo en el horizonte.

El camino siguió, sinuoso y tortuoso, hasta que finalmente llegamos al templo de Ámbar. Era un lugar sombrío, esculpido en la roca de la montaña, con estatuas encapuchadas que parecían advertirnos de peligros más antiguos que la historia misma. Casimir nos guió hacia una entrada secreta, pero lo que hallamos nos dejó perplejos. Desde una sala cercana, unas voces resonaban en las profundidades. No eran los ecos vacíos que esperábamos. Decidimos enviar a Nieve, mi fiel corcel inmortal, por la entrada principal. Con un fuerte golpe de sus cascos en la puerta, atrajo la atención de los ocupantes de la sala.

Cuando entramos, los vimos: druidas bersérkers y una guerrera con armadura pesada, un lobo a sus pies. Todos ellos se habían vuelto hacia la puerta, ignorándonos. Corvus no desaprovechó la oportunidad y lanzó una bola de fuego, envolviéndolos en llamas. El combate que siguió fue feroz, más crudo de lo que anticipamos. Pero al final, cuando las cenizas se asentaron y el eco del acero se apagó, habíamos ganado.

Tras la lucha, descubrimos una puerta secreta, una entrada hacia una sala olvidada por el tiempo. Allí, antiguos pergaminos yacían, casi deshechos, desmoronándose entre nuestras manos, como si el tiempo mismo los hubiese devorado. Secretos que nunca conoceríamos, susurrados por el viento de otra era.


Entrada en formato audio: 55. Kaz-zua y el Camino al Templo

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